domingo, 25 de agosto de 2013

Quien sabe es quien lo vive (V) Viajando con un hijo TEA

Comparto hoy un pequeño "experimento" del último curso online "Formador de formadores en Turismo Accesible" en el que he tenido la suerte de participar como docente. En una de las unidades formativas decidí sacar nuestro curso a la calle y realizar una entrevista a varias personas que viven en primera persona eso de viajar con discapacidad o con familiares y amigos con intereses y necesidades no standar por distintos motivos.
En lugar de seleccionar yo mismo las preguntas, pensé que sería mucho más rico el resultado final y más interesante para lxs alumnxs si fueran ellos los que realizaran las distintas cuestiones. Con el fin de recoger sus intereses y preguntas elaboré este formulario con google docs.   El resultado fue un buen número de comentarios y cuestiones, mucho más interesantes que las que yo podría haber pensado a solas,  sobre las que charlar con nuestro entrevistado, todas ellas desde los intereses y las experiencias del grupo de alumnxs, la mayoría de ellos profesionales del turismo y el ocio.

Para esta experiencia pude contar con la ayuda de mi amigo Tomas Boyano, al que le debo muchas de las cosas aprendidas sobre la discapacidad intelectual y una forma más humana de mirar la economía.

Aquí una breve presentación en primera persona de Tomas Boyano.
"Me llamo Tomás Boyano Sanz. Soy economista, casado y padre de dos hijos mellizos de 12 años: Carmen y José. Mi hijo es TEA (trastorno del espectro autista) y por ese motivo toda la familia pertenecemos a la Asociación Provincial de Autismo Jaén “Juan Martos Pérez”. El autismo es un trastorno invisible en la larga distancia y agotador en la corta. Los cuatro hemos viajado mucho en estos 12 años, con variadas experiencias en nuestras estancias. En los viajes que hacemos, los cortos y los largos, apenas nos aburrimos, habiendo aprendido a perder la vergüenza, la propia y la ajena."

Y más abajo un enlace a la entrevista. Para facilitar su visionado la dividí en varios partes, en cada una de ellas se responde a una pregunta o un tema común. Como veréis ni la calidad ni la edición es profesional ni de mucha calidad, pero creo que Tomas aporta algunas ideas muy interesantes desde su experiencia que nos pueden ser útiles y hacernos reflexionar.


viernes, 16 de agosto de 2013

Factorias de ceguera

No conozco los curriculum de los estudios de arquitectura o los de turismo pero sí ando por las calles, paseo por las plazas y entro y salgo de escuelas, hospitales, tiendas, bloques de pisos, reservo mis vacaciones, descanso en hoteles, viajo en avión, entro a museos o trato con guías turísticos. Los espacios públicos, los edificios, nuestras calles y plazas, los servicios de ocio, turismo y viajes que diseñan unos y otros profesionales son una declaración de intenciones, un TAC cerebral, un mapa mental de la formación recibida, de sus maneras de entender la sociedad, las relaciones y el ser humano.
 La experiencia de recorrer estos espacios con maletas, con un carrito de bebe, con niños pequeños, con 85 años, con familiares TEA o al lomo de una silla de ruedas puede darnos algunas pistas de las prioridades de las personas que diseñan nuestras ciudades o nuestro ocio, de las personas que diseñan estos contextos vitales –físicos y sociales- que facilitarán unas experiencias y dificultarán otras; un entorno impuesto, al fin y al cabo, en el que se ha de producir  la “selección natural” de la fauna humana y que justificará “por naturaleza” injustas desigualdades.

¿Qué parte de responsabilidad tendrán las Universidades en esto? Sus planes de estudios, sus gestores o  docentes. Durante mis años en la Universidad, me pude valer de 4 profesores para despertar mi interés y abrir puertas que después serían mil caminos y posibilidades a partir de los cuales seguir haciendo(me), intentando(me) y preguntando(me). Del resto poco más obtuve aparte de algunas dosis de desencanto y largas sesiones de estudio de contenidos académicos que podían encontrarse idénticos en otros mucho manuales 
 A un lado parecía estar la Universidad con sus cosas imprescindibles y sus cosas inútiles  que aprobar, y a otro lado la vida, la calle y las personas con sus vidas con las que tendría que trabajar unos años después.

Parece que existe un interés creciente por acercar la universidad a la empresa, algo sin duda necesario y útil, pero no intuyo el mismo interés en sacar la universidad a la calle, en conocer la diversidad humana más allá de la tiranía de la normalidad que tan bien encaja con los sonidos de la campana de Gauss y con la manera de estudiar y publicar en revistas científicas y académicas que rinden pleitesía a lo rentable y a lo estadísticamente significativo, mientras se ignora con demasiado frecuencia lo diferente, a las inmensas minorías de los extremos, minorías sin las que las medias, medianas y modas perderían todo su sentido y significado.

Sacar la universidad a la calle, acercarla a las personas y sus vidas no sólo sería útil para mejorar su calidad, para humanizar las relaciones, los profesionales y las empresas, también sería una fuente de innovación social y empresarial, y de desarrollo de nuevos servicios y productos para un mercado y una realidad en la que la diversidad y el cambio están revertiendo el significado de normalidad. 

La gran mayoría de profesores en la universidad que he tenido me han enseñado a observar el mundo desde sus palabras, las que ellos entienden, las que han inventado o las que necesitaban para mantener su nivel de publicaciones y sus despachos. Y esto puede producir ceguera atencional, porque no hay más ciego que el que no quiere ver, o "porque los peces son los últimos en darse cuenta del agua"

Sólo tres de mis profesorxs me transmitieron en la facultad de psicología que hay otras palabras desde las que mirar, o incluso que se puede mirar desde las sensaciones y las experiencias inmediatas. O como dice Glen Murcutt, me enseñaron no a repetir o a creer, sino a descubrir y a observar.

“Nunca pensé en la arquitectura como un objetivo a perseguir sino como algo a descubrir. No tengo la sensación de crear cosas, pero sí de descubrir maneras de hacer. Para mí el mundo es un territorio por descubrir y lo que determina la obra del arquitecto es la manera en que trata de descubrirlo. A los estudiantes les doy siempre dos consejos: que sean pacientes porque la arquitectura necesita tiempo, y que observen. Quien observa termina por ver.” 

Necesitamos algo más que buenas factorías de la ceguera, necesitamos colegios, institutos y universidades que siga haciendo bien lo que hace bien, con todo su bagaje académico y científico, que enseñe sus conceptos y a mirar desde las palabras, pero también que estén más volcadas a la calle, con un humanismo calado hasta los huesos, que enseñe a observar la diversidad,  a preguntar, a descubrir caminos, a rediseñar la empatía, con paciencia y con todos los sentidos.