miércoles, 8 de julio de 2015

Investigar

Acostumbrados a vivir en los dualismos insanos de una realidad simplificada  (blanco-negro, virtual-real, norte-sur, normal-anormal, mente-cuerpo,...) tal vez ocurre con cierta frecuencia que tendemos a ver la investigación también como una faceta de la realidad especial, separada y ajena a nuestra intervención en el mundo y al trabajo cotidiano.

Más allá del entendimiento y la "seguridad" que nos pueda aportar esta comedia de falsas fronteras  que achican nuestra habilidad para vivir(nos), para observar(nos), para discutir(nos) o para aceptar(nos), es en el terreno de la incertidumbre, de los matices y las aguas revueltas donde se juegan las  grandes partidas y las grandes victorias del aprendizaje, del trabajo y hasta del amor.
Vamos, que más allá de los juegos del lenguaje que nutren este dualismo no existe un mundo blanco y otro negro, ni unas fronteras claras separan la normalidad de lo diferente, que no hay norte que no quede al sur de otros lugares o que a veces nada es tan real como el impacto que puede tener lo virtual en nuestras vidas de carne y hueso..

Desde la misma deriva podríamos decir que la investigación no está limitada a las universidades o los laboratorios, que cosas tan cotidianas como crecer, vivir o trabajar implica también una investigación constante y poderosa. No es cierto que la investigación requiera exclusivamente de ambientes asépticos y controlados. Hay diferentes niveles a la hora de investigar, diferentes necesidades de definición y control de variables, de robustez estadística, de fiabilidad, de validez externa e interna o control científico, etc. Sea como fuere siempre es importante no pensar que todo vale para todo y exigir un adecuado rigor científico para según qué temas u objetivos es primordial, al igual que lo es no confundir ciencia con lo que no lo es.



Pero investigar es algo que todos hacemos: cuando llevamos a cabo nuestro trabajo cotidiano, cuando incluimos un código diferente a nuestro programa, cuando añadimos un ingrediente nuevo a la comida que estamos haciendo, cuando probamos con una mezcla nueva de colores en nuestro cuadro, cuando incluimos una nueva actividad con nuestros alumnos en nuestras clases o talleres,.... Cuando hacemos todo esto y observamos los resultados y somos sensibles a las consecuencias que se han producido, cuando sacamos conclusiones e intentamos replicarlo o incluir esos cambios en otras situaciones, productos, con otros clientes, en otros contextos,... entonces  estamos investigando.

La investigación requiere un momento inicial de acción y  prueba pero también exige ese segundo paso de reflexión-discusión-narración, ese espacio para observar y hacernos conscientes de lo que hemos hecho y lo que ha ocurrido. Las prisas, la economía de lo inmediato, el tener que atender a un nuevo reto o una nueva prueba hace que muchos de estos aprendizajes se pierdan. Necesitamos a veces sentarnos a observar lo que hemos hecho, a reflexionar sobre los cómos y los porqués y contar(nos) las cosas claves de esa experiencia.

Más allá de los importantes e imprescindibles estudios con gran control científico y metodológico que cambiarán las bases de nuestra vida cotidiana en nuestra manera de desplazarnos, de comunicarnos, de sanar, de sobrevivir, etc. a veces es en esos pequeños relatos que los profesionales hacen de su trabajo, de su investigación cotidiana, de sus pruebas, de las cosas que les funcionan y de las que fallan,... en donde encuentro un conocimiento de gran  valor que me permite cambiar y mejorar también mis formas de trabajar y de intentar cambiar el mundo.

Esta semana se ha celebrado el "II Congreso Internacional de Investigación en Salud y Envejecimiento" y muchos profesionales han contado sus experiencias. Además de la "burbuja de publicaciones" que puede facilitar esta fiebre por publicar para inflar bolsas y curriculum, es también cierto que esto genera una dinámica de compartir conocimiento y en ocasiones se encuentran pequeñas narraciones que nos pueden ofrecer nuevas ideas, herramientas o prácticas nuevas para probar o integrar en nuestros trabajos y con las que plantearnos nuestras propias investigaciones.

Comparto un póster y una comunicación a este congreso que no son más que el producto de ese parase a observar y narrar algunos de los resultados del trabajo cotidiano realizado en un par de proyectos en los que participé hace ya algún tiempo.

viernes, 8 de mayo de 2015

Diversificar la diversidad


Me llamó la atención el título de este post: "Ser normal está sobrevalorado", entrada a la que llegué desde las lecturas recomendadas  de Las Indias, una de mis imprescindibles ventanas a la red.
Comparto la idea que lanza su autor, sin duda la normalidad está sobrevalorada y ese  afán de mirar a la realidad en blanco y negro y borrar matices no es nada ingenuo. El lenguaje, la manera de hablar de las cosas o de etiquetar el mundo nos informa a veces más de la persona que  lo define que de la supuesta realidad que pretende ser descrita o clasificada. Palabras como "normalidad" están cargadas de ideología, de intereses, de una manera concreta de entender las relaciones y el mundo, de la intención de mostrar (o incluso inventar) la realidad como si otro escenario no fuera posible.

Creo que  lo que quiera que sea la normalidad -igual que la (a)normalidad- es mucho más diversa y extraña de lo que a priori pudiera parecer. Por eso, aun estando de acuerdo con @voylinux, y su idea de normalidad como  impostura o tiranía, no veo tan claros como aparecen en su post los límites del “ser normal”. Creo que lo previsible, lo ordenado, lo académico,.. no es territorio exclusivo de la gente “normal”. Tampoco creo que  vivir la vida con pasión sea necesariamente algo que defina más a  las personas que no encajan dentro de lo normal que a los que habitan las cúpulas de gauss.

Tal vez al final todo sea cuestión de narraciones. Si tuviéramos tiempo para escuchar las anécdotas, los relatos y la vida de algunas personas que consideramos normales nos sorprenderíamos de sus “rarezas”, de los retos vividos, o de la pasión que también cruza sus biografías.
Tal vez sea porque me resisto a creer en la normalidad tal y como nos la han contado, y la entienda más como reglas del juego, que como algo que defina a los jugadores que nos toca jugar en ese tablero. Y, claro, no creer en la normalidad me lleva sin remedio a no creer en la anormalidad, a no creer en una ni en otra más allá que como un juicio de valor.

Yo soy más perdedor que ganador, más de minorías que de multitudes, más de dudas que de certezas, creo que encajaría mejor en los moldes de "seruntipoalgoextraño" que en los de "seruntiponormal", Sin embargo  pienso que militar en la anormalidad acotándola, definiéndola y distinguiéndola es jugar el juego equivocado de la normalidad y  darle sentido a su discurso y a la injusta desigualdad que a partir de ella se ha creado.

Cuantos más relatos en primera persona escucho, menos entiendo lo que significa ser normal o anormal, convencional o extraño, capacitado o discapacitado,... Creo que más allá de lo aparente son difusos los limites entre unos y otros. No es cuestión de formas ni definiciones, sino de posibilidades y derechos. Lo que le da sentido y unidad, la única característica que al fin y al cabo comparten  los extraños, los (a)normales, los raros, los discapacitados,... no la encontramos en lo que son, si no en la falta de derechos y posibilidades que tienen para ser quienes de verdad son, para ser quienes de  verdad quieren ser.
No se trata de definir, sino de construir escenarios y comunidades en las que todas las personas se dejen ver como individuos únicos, en los que pueda encontrar sin miedo su voz, aprender a escucharlos y rediseñar la empatía. Esa lucha merece todo nuestra militancia y esfuerzo, en ella hay mucho por ganar.

lunes, 13 de abril de 2015

Entre el deseo y la impostura


Hace ya casi un mes que se estrelló un avión en los Alpes, el día 20 de este mes será el 16 aniversario de la masacre de la escuela de secundaria de Columbine. No tardaron los medios de comunicación en ninguno de éstos y otros casos similares en insinuar, relacionar o despertar la sospecha del autismo, la depresión, la esquizofrenia, etc. como elementos causantes- o al menos  como variables explicativas relevantes- de tales disparates. Casi de inmediato comenzaron  aparecer expertos psicólogos y psiquiatras en periódicos, radio y tv siendo preguntados por la relación entre los “problemas mentales” de estos asesinos y sus horribles actos.

A pesar de algunas excepciones en mayor o menor medida (bajo mi punto de vista) sensatas,  no deja de sorprenderme la falta de claridad y rotundidad por parte de estos profesionales a la hora de desvincular radicalmente estas (mal)llamadas “enfermedades mentales” de aquellos asesinatos tan salvajes.

No son éstos comportamientos patológicos, producto de la depresión, el autismo o la esquizofrenia, sino actos salvajes, canallas y complejos, actos que nos aterroriza pensarlos como propios de seres humanos “normales”, de personas que podrían estar viviendo a nuestro lado, en nuestra escalera de vecinos o, peor aún, dentro de nuestra propia piel. Son conductas que nos hacen enfrentarnos cara a cara no sólo con el dolor y la rabia, también con la angustia ante nuestra naturaleza como seres humanos, ante los genes de las razas de Caín que habitan nuestra biografía, ante la certeza de sabernos capaces de lo mejor y lo sublime pero también de la destrucción y del desastre.



Podemos entender que ante nuestra propia incertidumbre, temor y angustia intentemos encontrar motivos y trazar líneas que separen nuestro mundo y a nosotros mismos de esta brutalidad, fronteras entre lo normal y lo anormal, lo sano y lo patológico, entre la locura y la cordura,... Allí están ellos, aquí nosotros. La normalidad, una infantil y vieja trampa entre el deseo y la impostura que lejos de liberarnos, nos tiende una trampa sutil y segura.

Pero tenemos que insistir, no son estos hechos comportamientos patológicos, sino canallas y complejos, y esta complejidad no podemos despacharla atribuyendo dichos asesinatos tremendos, horribles y sin sentido a supuestas enfermedades mentales, desvinculándolos de la biografía, de los valores personales y de los contextos en que la gente vive.

Hay otras maneras de mirar estos escenarios de la catástrofe. Transmitir la absoluta certeza de que no es más probable que una persona diagnosticada por ejemplo de autismo, depresión o esquizofrenia se levante una mañana y decida matar a 20 compañeros de un colegio o estrellar el avión o el autobús que conduce. Afirmar radicalmente que, por motivos tanto epistemológicos como estadísticos, estos diagnósticos sociales no mantienen una relación causal con tales asesinatos.

Tras el dolor y la rabia inmediata ante la incomprensible barbaridad, cuando volvemos al pulso de la vida cotidiana y las fotos de las víctimas y aviones destrozados ya no ocupan las portadas, comienzan a aparecer los daños colaterales que sobre miles de personas (tal vez sin querer)  han creado algunos medios de comunicación y algunos expertos con sus explicaciones y sus relatos. No sólo por el estigma social que se genera para personas diagnosticadas de depresión, autismo, esquizofrenia,… y sus familias, también por la indefensión, el dolor y la sospecha que estas personas se imponen a sí mismas; presiones al fin y al cabo que no hacen sino aumentar innecesariamente sus (pre)ocupaciones y dificultar sus vidas, su crecimiento personal y su libertad para ser quienes son.


lunes, 22 de septiembre de 2014

Dejarse ver para cambiar el mundo


Fin del verano. Un año más han sido frecuentes y numerosas las noticias relacionadas con la accesibilidad de las playas en España que durante estos meses han aparecido en la red. No sólo entidades públicas y asociaciones representantes de personas con discapacidad han intentado informar de las playas accesibles de sus zonas de influencia y de sus características y recursos, este año además los propios turistas han podido informar y votar a través de internet por sus preferencias , eligiendo finalmente la playa más accesible de España. Todo ello gracias a la iniciativa “La playa accesible de los Fans” organizada por ThyssenKrupp. No sólo me parece interesante esta propuesta por llamar la atención sobre un tema que me interesa, sino por la visión positiva y lúdica desde la que se reivindica la accesibilidad como un derecho universal no sólo para sobrevivir, o para acceder a la educación, a los servicios sanitarios o  al sistema penitenciario ;)) en igualdad de condiciones,  también para disfrutar del ocio y de lo que quiera que sea la vida para cada cual.

Pero lo que me parece más interesante aún es situar a las propias personas con necesidades de accesibilidad, (a las personas en sillas de ruedas, familias con niños pequeños, mujeres embarazadas, personas mayores, personas con problemas de visión o auditivos, otras con problemas temporales de movilidad,…) en el centro de este proceso de estudiar, re-conocer y con-versar sobre la accesibilidad de los espacios. Aún sin saber nada sobre el Código Técnico de Edificación, son estas personas las auténticas expertas en accesibilidad, porque en última instancia y más allá de los -sin duda importantes e imprescindibles-  criterios técnicos, la accesibilidad es una experiencia personal. Esta manera de hacer la cosas tan relacionada con la metodología del Design Thinking y el Diseño Basado en las Personas puede ser un factor clave y fuente de innovación para el gran reto de diseñar nuevas ciudades y nuevos escenarios que habitar más allá de la puerta de casa, espacios que permitan vivir la propia vida con los límites que cada cual se quiera imponer, contextos que permitan a muchas personas volver a la calle, a las plazas o a las playas y abandonar el destierro invisible de sus propias casas, espacios que permitan simplemente elegir el aislamiento como un ejercicio de libertad personal y no como alternativa más probable.

Pero el verano es mucho más que playas, las noticias y anuncios de festivales de música son también capítulos importantes en las noticias al sol. Y como la música, cuando te llega a las entrañas, no entiende de imposturas, ni de exilios invisibles, ni de columnas partidas, ni visiones a medias, ni si quiera de sorderas abisales, no son pocos amigos con discapacidades, con muchas ganas de bailar desde sus sillas ruedas y con tiempo y dinero para bien gastar, los que quieren disfrutar de estos festivales. En la mayoría de los casos el resultado de esta aventura se ve limitada a subir el volumen del mp3 y una gran balada a la frustración.

Sin embargo las cosas pueden ser diferentes y al igual que nuestras playas van mejorando cada año, quiero imaginar que también los festivales irán configurándose como territorios libres y abiertos a todxs. Sin duda es un gran reto, pero es posible. Valgan como ejemplo algunos apuntes del trabajo en accesibilidad que hicieron este año en el Festival de Glastonbury (los entrecomillados son copy-translated&paste de este artículo de la BBC)

“El evento cuenta con un camping a medida para personas sordas y con discapacidad, se han instalado plataformas elevadas específicas para las personas en sillas de ruedas en 11 escenarios y hay en ellos intérpretes de lengua de signos para que las personas sordas pudan entender  la letra de las canciones durante las actuaciones en direct”.

 “Una de las características habituales de Glastonbury es su área DeafZone , que ofrece lecciones de la lengua de signos británica y un equipo de intérpretes para que las personas sordas puedan acceder a los distintos actos del festival”.

 “El espacio donde se celebra el festival  incluye duchas y aseos accesibles y es atendido por voluntarios que proporcionan alquiler de sillas de ruedas y un servicio de minibús para ayudar a que  la gente se mueva por todo del recinto del festival”.

“También cuenta con una unidad de "alta dependencia" que puede facilitar a las personas con enfermedades graves acceso a servicios esterilizados, lavado y servicios médicos”.

“Este año el camping del Glastonbury's acogió a unos 600 asistentes al festival entre personas  sordas y con discapacidad  física”

“Con cuatro de cada cinco personas sordas y con discapacidad diciendo que se desaniman a asistir a este tipo de eventos al no confiar en su accesibilidad,  todo parece indicar que los festivales pueden estar dejando de mejorar  sus ingresos en la venta de entradas”.


El verano ha terminado y todo sigue igual. Nada ha cambiado y nada cambiará: tal y como hace uno, 100 o 500 años, más allá de la tecnología,  hay una manera inevitable de mejorar nuestras ciudades: vivirlas, salir a la calle, probarlas, llenarlas de experiencias, llenarlas de voces que felicitan por lo conseguido a la vez que denuncian  y exigen los escenarios que nos permitan elegir a todxs , llenar nuestros pueblos, ciudades, nuestros cines, bares, biblotecas, calles, teatros,…  de experiencias que generen la necesidad de cambiar y seguir mejorando.

Sí, terminó el verano, pero empieza un nuevo otoño, y con él una nueva temporada de festivales. Una buena ocasión para disfrutar, para dejarse ver y  cambiar el mundo.

viernes, 9 de mayo de 2014

Sobre la discapacidad: "chapas" imprescindibles.


Hace unas semanas Pablo Echenique proponía en el blog "de retrones y hombres" pensar en voz alta sobre qué es eso que llamamos discapacidad, sobre las características comunes que presentan las personas que conforman dicho colectivo. Planteaba sus reflexiones abiertamente en tres artículos –aquí, aquí y aquí- y animaba a los lectores a comentarlos con objeciones, críticas, matices y otras ideas para construir esa necesaria definición. Como él mismo avisaba  no se trataba de una propuesta terminológica, ni filosófica sobre modelos y concepciones de discapacidad, sino algo mucho más pragmático, tan pragmático como intentar responder a estas pregunta que él mismo señalaba: “¿Cómo decidimos quién pertenece al colectivo y quién no? ¿Qué problemas del colectivo pretendemos solucionar o mitigar? ¿Cuáles son las vías más apropiadas para conseguir esto?”

Sin duda el objetivo merece la pena el análisis, la primera de las preguntas es ya de una gran relevancia y tiene implicaciones vitales inmediatas.  Del hecho de que a una persona se le considere que tiene o no discapacidad, y del grado que se le otorgue, dependerán no pocas cosas relacionadas con todos las áreas de su vida (trabajo, supervivencia, autonomía, dignidad, movilidad, ocio, salud, cultura, educación…)
Los tres artículos de Pablo, los comentarios a cada una de las entradas y el tratamiento que hace de estos comentarios el autor son un ejercicio serio y muy bien articulado, que aporta no pocas ideas y que sin duda merece la pena leer con tranquilidad. Aquí van algunas conclusiones personales a raíz de la lectura que, a salto de mata pero con mucho interés, he hecho:
  1. En un universo tan diverso como el de la discapacidad, tradicionalmente estudiado y definido desde fuera, por individuos “normales”, las definiciones han limado demasiados matices importantes, es decir demasiadas vidas, sentimientos, experiencias, necesidades, realidades,…
  2. Me gusta el planteamiento, el proceso y las conclusiones con las que va conversando el autor. Implica una visión contextual de la discapacidad, se evita definir por la forma, por las capacidades (¿qué será eso de las capacidades?) que pudieran faltar,  por lo que no se es.
  3. Parece que no existe otra característica que compartan todos los individuos que pudieran incluirse en este colectivo más allá de la situación de discriminación, de desventaja social o mejor, tal y como lo nombra Pablo, de injusticia funcional.
  4. Me quedo con ganas de más. Sin duda me parece que el autor  hila muy fino y es muy útil el ejercicio de reflexión que se nos plantea para construir una nueva definición de discapacidad que ayude a responder preguntas y tomar decisiones como ¿quién tiene una discapacidad? ¿en qué grado? ¿qué le corresponde? Pero creo que para responder a estas preguntas tal vez no se necesite tanto (o al menos no sólo) una definición que homogenice, buscando factores comunes en las discapacidades, como una metodología que analice interacciones, observe y valore de manera contextualizada, que escuche a la persona, sus necesidades, su biografía y al entorno físico y social en el que le ha tocado vivir. La definición y reflexión de Pablo creo que tiene la virtud de apuntar desde otra perspectiva y de facilitar la reflexión ética y conceptual (ambas imprescindibles) y el desarrollo de una metodología diferente a la que actualmente se aplica.
  5. No conozco a fondo el método que actualmente se sigue, y tal vez esté siendo un poco osado, pero tengo la impresión de que a día de hoy siguen siendo sobre todo criterios económicos, topográficos, nomotéticos y médicos los que especialmente se barajan para calificar y tomar decisiones. Creo que debería haber un cambio y aplicar metodologías y procesos en los que se tengan en cuenta también criterios funcionales e ideográficos, en los que se valore a la persona en su contexto actual y biográfico. Tal vez también habría que redefinir el papel que juegan en este proceso de toma de decisiones los profesionales de los servicios sociales y de la salud, las personas con discapacidad, sus cuidadores, parejas,… y repensar las relaciones, los papeles que unos y otros juegan y las maneras de comunicarse y trabajar entre ellos.

Como siempre los artículos de Pablo no nos dejan indiferentes, tiene una manera de "darnos la chapa", como él dice, inteligente y ágil. Lecturas imprescindibles.
Gracias y un saludo, amigo.

martes, 22 de abril de 2014

Liar para aprender a desliar - Un proyecto memorable.

 ¿Cómo trabajar valores cómo la igualdad, la discriminación o la empatía,...en nuestras clases? ¿Organizando días de la paz, llenado palomas pintadas con frases que vaciamos de impacto cada vez que las volvemos a nombrar? ¿Y después qué? Aprovecho una de la actividades del curso #ABPmooc para recordar una experiencia muy especial que no sólo tiene que ver con la educación en valores, sino también con el llamado Efecto Pigmalión, con los  efectos de convivir en entornos segregados, con la responsabilidad de padres y profesores como diseñadores de entornos educativos y de aprendizaje, con la manera tan sutil en que vamos moldeando a nuestros hijos,...
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Una clase dividida es el nombre en español con  el que se conoce un experimento psicosocial sobre la intolerancia. En 1968 la maestra de primaria Jane Elliot decidió llevar a cabo un ejercicio pedagógico con sus alumnas y alumnos a raíz de la muerte de Martin Luther King. Su objetivo era concienciar al alumnado de los efectos de la discriminación, tanto en quien la ejerce como en quien la padece. La metodología utilizada para este objetivo está basada en el aprendizaje experiencial, que sin duda tiene muchas conexiones con el aprendizaje basado en proyectos.

Es una experiencia muy conocida en el mundo educativo, de cualquier forma, aquellos que no la conozcan pueden disfrutar de ella viendo este vídeo que sin duda no les dejará indiferentes, dará mucho que pensar y posiblemente les inspirará no pocas ideas para introducir en sus clases.
Y aquí dejo la actividad: "Un proyecto memorable"

miércoles, 2 de abril de 2014

Dejar el cuerpo en casa - #RQueR


Me sobraron más de 4/5 partes de mi cuerpo. Podría haberme quedado en casa de cabeza para abajo cada mañana. Al menos al 80% de mis profesores era la única parte de mí que le interesaba. Y ya puesto a afinar, podría haber dejado la parte de mi cerebro que tuviera algo que ver con tomar decisiones, con inventar o imaginar.  Supongo que debían estar poseídos por esa monomanía de transformar a sus alumnxs en enciclopedias de pasta dura, en contenedores de fechas, títulos, nombres, teorías, definiciones. Tal vez sufrían algún tipo de ceguera selectiva que no les permitía ver niños y niñas con piernas para correr, manos para crear, cabezas para inventar, experiencias y emociones para crecer y cambiar el mundo. Lo importante era Retener y Repetir, una y otra vez, R que R.

Conocer nuevos datos y nuevos conceptos siempre será bueno, es un valor importante, pero cuando ese saber sirve principalmente para demostrar que se es un buen estudiante, básicamente para ser un "sabio" eco de lo que se ha escuchado o se ha leído, no sólo se pierde gran parte de ese valor sino que además puede tener un efecto paradójico y fomentar así el desconocimiento, el olvido y el desinterés.

No pretendo decir  que no sean importantes los datos, ni las fechas, ni los conceptos, sino que necesitamos trabajar estos contenidos de maneras diferentes, que tenemos que contagiar a nuestros alumnos con ello, no vacunarlos contra ello. Y para conseguirlo tenemos que invitarlos a que vengan a clase con todo su cuerpo y sus ganas de moverse y de hablar y enseñarles a pensar con las manos, y descubrirles su interés por la literatura o por la historia “inventándola y escribiéndola” ellos mismos, o contagiarles el amor  por la poesía a golpe de código QR o a vista de pájaro desde las nubes de google maps. Así haremos menos probable el olvido, los conocimientos inútiles de usar y tirar, el "fast-learning", el "aprendizaje-basura". Pero para ello necesitamos ser artesanos más que operarios de una cadena de aprendizaje, prescindir más a menudo de  la medicalización del la enseñanza y de la metodología de lo inmediato y descubrir las ventajas  de trabajar desde la aparente lentitud de otros métodos.

Acabo de empezar un fantástico mooc sobre Aprendizaje Basado en Proyectos del INTEF, además de disfrutar del curso, de descubrir nuevas herramientas y posibilidades a la hora de trabajar con proyectos en mis clases y ciclos de talleres, uno de los mejores descubrimientos que hasta ahora he hecho es el interés de un grupo grande de docentes de todos los niveles -tal vez el menos numeroso sea el de profesores de universidad-, participativos, con ganas de hacer las cosas de manera diferente, que comparten sus buenas prácticas en clase y con ideas originales y brillantes.

Quiero pensar que este grupo de profesores son sólo una pequeña muestra, que las redes ayudarán a que su voz no se pierda y su ilusión y sus buenas prácticas se copien, se mejoren y se multipliquen. Quiero imaginar que hoy son más que hace una década y que esto es parte de un camino que ya ha empezado y que ni la mejor ley de educación que esté por llegar, ni la formación universitaria de maestrxs y profesorxs podrá parar.